Cuando su nombre apareció
en mayo de 2010 con su alias, «Abu Bakr al Bagdadi», tras su elección al frente
de lo que quedaba de Al Qaida en Irak, nadie en los círculos oficiales de
Bagdad ni en la CIA tenía apenas noticias de él. El nuevo líder de la rama
iraquí de Al Qaida estaba entonces al frente de un puñado de radicales suníes
de varios países, quizá unos centenares, empeñados en hacer la guerra a Estados
Unidos.
Hoy Abu Bakr al Bagdadi
manda un ejército disciplinado y motivado hasta el extremo, compuesto por casi
100.000 combatientes, según estima el Observatorio Sirio de los Derechos
Humanos. Y además se ha proclamado califa del territorio que ha conquistado en
el norte de Siria y de Irak.
Pero ¿quién es Al
Bagdadi? La información que se tiene de él es escasa y a veces contradictoria.
Se sabe que es un excelente predicador musulmán, entrado en los cuarenta, tal
como reveló el vídeo de su sermón en una mezquita de Mosul tras la conquista de
esa ciudad iraquí por el Estado Islámico. Para muchos de sus seguidores, aquel
fue también su primer encuentro visual con el líder.
La ficha biográfica en
poder de los norteamericanos es sorprendente. Al Bagdadi, registrado como
Ibrahim Awad Ibrahim al-Badry, fue detenido en una redada del ejército
estadounidense contra yihadistas suníes en 2004. No era la figura que buscaban
y después de unos días de detención en Camp Bucca fue liberado. Un militar
norteamericano declaró a la CNN que, al despedirse, el detenido le dijo en
inglés con tono irónico: «Nos vemos en Nueva York».
Entrar en la leyenda
El perfil trazado por
algunos investigadores árabes de Abu Bakr al Bagdadi pretende meterle en la
leyenda. El líder islamista habría nacido en el seno de una familia humilde
cerca de la localidad iraquí de Samarra. Sus padres eran musulmanes sufíes -la
rama del islam más tolerante y espiritualista-, pero Abu Bakr se radicalizó en
Bagdad mientras realizaba sus estudios de teología musulmana para convertirse
en predicador. Para darle más pedigrí le emparentan con la tribu del profeta
Mahoma. Al Bagdadi se toca con un turbante negro, propio de los sayid,
descendientes del profeta.
Estados Unidos, sin
pretenderlo, allanó su camino al estrellato. En 2006, una operación armada
norteamericana acabó con la vida del entonces líder de Al Qaida en Irak, el
jordano Al Zarqaui. Cuatro años más tarde, en otra operación, esta vez
combinada con fuerzas iraquíes, murieron cerca de Tikrit los dos dirigentes más
prominentes del grupo yihadista suní. Fue el momento de la aparición en escena
de Al Bagdadi, que renovó su vasallaje a Al Qaida y su compromiso de expulsar
de Irak a las fuerzas infieles invasoras.
Con la tribu
El nuevo líder yihadista
-«¿Quién es ese tipo?» preguntó la CIA a sus contactos en Bagdad- comenzó a
reconstruir la trama urdida con paciencia oriental y un gran sentido de la
oportunidad. Al Bagdadi trabó alianzas con las tribus suníes del norte de Irak,
entroncadas desde antiguo con las de Siria, a las que unía el deseo de revancha
por la discriminación desatada por el nuevo régimen prochií de Bagdad. Y
aprovechó la guerra civil siria para labrarse una reputación mundial como feroz
y disciplinada vanguardia de la yihad, la guerra santa. Cuando Al Bagdadi lanzó
a sus unidades contra Bagdad a mediados de este año, la red se había tupido en
las propias narices del gobierno prochií de Irak y ya era tarde para
reaccionar.
El califato proclamado en
julio por el Estado Islámico busca revolucionar todas las fronteras de Oriente
Medio, al trazar sus fronteras imaginarias por al menos media docena de países.
Pero irónicamente el núcleo duro de Al Bagdadi está formado, según los
expertos, por exoficiales del partido Baas de Sadam Husein, que tanto los
chiíes iraquíes como los Estados Unidos trataron de aniquilar desde la invasión
norteamericana en el 2003.
La crítica recae en
primera instancia sobre el presidente George W. Bush, artífice de aquella torpe
estrategia política que fue la invasión de Irak. Pero también afecta al
presidente Barack Obama, al que se reprocha tanto la retirada precipitada de
las tropas norteamericanas de ese país en 2011 -cuando el ejército iraquí
estaba aún hecho unos zorros- como la negativa a armar a los rebeldes sirios
prooccidentales. Las sucesivas derrotas de los insurgentes moderados a manos
del ejército sirio de Bashar al Assad produjeron, como efecto colateral, el
fortalecimiento de los rebeldes radicales del Estado Islámico, que han
utilizado Siria como banco de pruebas para la invasión de Irak.